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De todo el debate generado en torno a la reducción del déficit público y el camino elegido para conseguir el objetivo del 3% en 2010, se pueden sacar varias conclusiones. Una de ellas sería que no es económicamente viable que todos los países de la zona euro reduzcan sus déficits tan bruscamente, sin importar la casuística de cada estado, y encima hacerlo al mismo tiempo. Esto sólo lleva a profundizar más en la recesión que vive Europa, pues gran cantidad de nuestro comercio es intraeuropeo y se produce una interdependencia mutua entre los países de la UE. Otra correlativa a la anterior es si no se podría reducir el déficit creciendo económicamente en vez de recortando el gasto público. Aquí tenemos a los EEUU apostando por el crecimiento económico mientras la Unión Europea se encuentra en posiciones de recorte del gasto público sin apenas importarles el momento de la coyuntura actual. También se podría reducir el déficit aumentando los impuestos, quizás la vía más justa, pero esto ya lo dejamos para otro artículo. Veamos algunos datos, en 2009 la inversión privada en España sufrió una variación porcentual de -7,2% y el consumo privado un -4,88%. De la mano de estas variaciones, viene el descenso del Índice de Producción Industrial (IPI) en nuestro país (-16.21% en 2009). Está claro que vivimos un momento de claro descenso de la inversión y del consumo. Parece razonable que, dada la situación económica actual, sea el Estado el que tire del carro. La teoría keynesiana se basaba precisamente en eso, el Estado debía aumentar sus inversiones en los momentos en los que la inversión privada se reducía. Así se equilibra el sistema productivo y se evitan recesiones profundas. Al aumentar la inversión pública se producirían una serie de multiplicadores que podría beneficiar a nuestra economía en varios sentidos. Por un lado, aumentaría el número de contrataciones y disminuiría el paro. Al disminuir el paro tendríamos un ligero aumento del consumo privado, aunque seguramente limitado por el estado de ánimo actual del consumidor. Por otro lado, la inversión pública pondría en funcionamiento el tejido empresarial que rodeara sus acciones, por lo que tendería a haber un ligero aumento de la actividad empresarial. Como vemos, al aumentar la inversión pública logramos equilibrar la inversión total, aumentando ligeramente el consumo privado y contribuyendo a mejorar el dinamismo empresarial. Pero además, se aumentan los ingresos fiscales fruto de ese crecimiento de la inversión y el consumo, por lo que se cambia la tendencia y volvemos a equilibrar el presupuesto del estado. El problema es el alcance que tiene aumentar un euro más la inversión pública. Seguramente se desencadenaran tendencias positivas en nuestra economía que, acompañadas de una mejoría en el estado de ánimo del ciudadano, repercutirían en un crecimiento mucho mayor que el propio euro invertido. Quizás estos efectos multiplicadores de la economía nos llevaran a la situación en la que, aumentando la inversión pública, se disminuyera el déficit. Por lo tanto es momento de aumentar la inversión pública. La financiación de dicha inversión debería estar avalada por el Banco Central Europeo, comprando deuda estatal de los países de la zona euro y evitando que los tiburones de los mercados aprovechen la situación para acorralar aún más a los Estados, así evitaríamos tener que financiarnos por la vía de los mercados privados de capitales. Si ha habido dinero para los bancos, ahora tiene que haberlo para los Estados.
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