Pavía, Sanjurjo, Franco y Tejero

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En estos días es inevitable recordar parte de nuestra historia reciente. El 23 de febrero de 1981 parecía que España volvía a sus antiguas tradiciones políticas. El golpismo militar reaparecía e intentaba ser el árbitro de la sociedad española. En definitiva, la democracia estaba, una vez más, al borde del abismo. Afortunadamente, el 23 f se convirtió en punto y final de la nefasta tradición del intervencionismo militar.

La historia  de la libertad y la democracia en España ha sido de sombras más que de luces. Durante el siglo XIX y principios del XX cualquier intento reformista culminó de manera dramática. La  joven democracia española ha creado en el 23-f una mitificación de lo allí sucedido. Muy pocos justifican la intención de los golpistas a día de hoy, aunque más de uno parece morderse la lengua.

En honor a la memoria histórica de la democracia en España, no podemos olvidar los estadios anteriores de ésta y sus dramáticos finales. No podemos olvidar el final de la breve I República española, y los sucesivos golpes de estado durante la II República.

Pavía, Sanjurjo, Franco y Tejero fueron, con diferente éxito,  intentos involucionistas ante perspectivas reformistas de una España que seguía anclada en sus malas prácticas. Esta lista de golpistas tiene en común su visión histórica, la visión de la reacción. No obstante, parece que parte de nuestra sociedad trata y justifica de manera diferente a estos personajes. Algunos de ellos obviados, otros son justificados y otros repudiados.

Desde importantes medios de comunicación aún  se oyen voces que intentan legitimar el golpe cometido contra la II República. ¿Qué es lo que diferencia al levantamiento del 18 de julio de 1936, de la Sanjurjada o del 23 de febrero de 1981? El resultado.

La historia es escrita para los vencedores, y aunque no sea una buena práctica la de la especulación histórica, cabría preguntarse cuál sería la posición de algunos de los que hoy se consideran demócratas si hubiese  triunfado el golpe. Es una lucha baldía para la derecha la defensa de un perdedor y solamente los estómagos agradecidos a regímenes triunfadores se atreven ante tales propósitos.

En estos treinta años transcurridos desde que Tejero intentará emular a Pavía, parece cada vez más lejana la posibilidad de que se lleve a cabo la vieja tradición hispana  del golpe militar. Es la práctica democrática, la educación de generaciones en libertad, lo que hace a una sociedad impasible ante su pérdida. A las dos repúblicas les faltó el tiempo para ello.

Las pistolas han desaparecido del congreso, y los tanques  ya sólo circulan por las calles en desfiles oficiales.  Aunque algunos intenten sumergirnos en el olvido, es deber de la democracia española recordar nuestro pasado.

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