El sistema financiero, tal y como está configurado en la actualidad, está en una situación de inestabilidad permanente, siendo los ciudadanos los que constantemente acudimos al rescate de los bancos cuando éstos están en apuros por las crisis financieras que sus propias estrategias han provocado. Y es que la estafa bancaria se produce en una triple vertiente. Por un lado, mediante la asunción total por parte del ciudadano de la deprecación de los bienes inmuebles (lo que creíamos que eran hipotecas, realmente eran simples préstamos). Luego nos encontramos con el rescate bancario en sí, 40.000 millones de euros de dinero público que ha ido a parar a la banca en España (una vez más, el ciudadano acarreando con las pérdidas privadas). Y finalmente, en la forma en la que se financia la deuda pública (el BCE presta al 1% a los bancos, mientras que esos mismos bancos lo hacen al 6% a los Estados, negocio asegurado a consta del ciudadano). También nos encontramos con otras estafas por la vía del ciudadano como consumidor, pero eso lo dejaremos para más adelante.
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El capital está en huelga. Lleva en huelga más de 4 años, pero ningún gobierno le ha obligado a volver a sus labores, tal y como hiciera el gobierno griego con los trabajadores del metro de Atenas tras el éxito de una huelga que duraba más de 9 días. El llamamiento a los trabajadores a acudir a sus puestos de trabajo tenía la cárcel como destino para los desobedientes. Con el capital es todo lo contrario, se legislan normas que mantienen la supremacía del capital sobre los ciudadanos, permitiendo que aquel estrangule a éstos cuando lo vea necesario. La libertad de movimientos del capital esconde el sometimiento de la ciudadanía a los deseos de los poderes económicos vigentes, es decir, la libertad de movimientos del capital permite el sometimiento de la democracia a los intereses de los capitalistas.
El desarrollo del capitalismo contemporáneo está trayendo consigo un mayor peso del capital frente al trabajo en lo que a las relaciones de producción se refiere. Las economías desarrolladas, más intensivas en capital, aumentan continuamente su productividad con la introducción de nuevas técnicas, lo que provoca un desplazamiento del trabajo hacia sectores con mayor valor añadido. Pero no toda la mano de obra puede ser recolocada, y los nuevos puestos creados por el avance tecnológico no llegan a superar los eliminados por éste. Y esto es debido a que este aumento de la productividad está siendo apropiado por el capital y no es repartido contando también con los trabajadores, lo que condena a la exclusión a sectores enteros de la población que nunca podrán encontrar un puesto de trabajo.
El Diccionario de la Real Academia Española define “sentina” como “un lugar lleno de inmundicias y mal olor”, allí “donde abundan o se propagan los vicios”. Traigo a colación este término porque quiero asociarlo a Suiza, ese idílico país alpino que, convertido en el mayor paraíso fiscal del mundo, acumula en sus bancos el dinero (inmundo) de multitud de defraudadores, evasores de impuestos, así como los bienes expoliados por tiranos y dictadores diversos, además del dinero procedente del crimen organizado y, especialmente, del narcotráfico.
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La sociedad actual en el capitalismo desarrollado ha pasado de consumir bienes y servicios para satisfacer necesidades, a un consumismo insostenible que pretende satisfacer deseos de consumo. Algo que es imposible de lograr, ya que la razón de ser del deseo de consumo es el propio deseo, lo que nos introduce en una espiral de difícil salida si lo que pretendemos es satisfacerlo con más consumo. Esta sociedad de consumidores es continuamente estimulada por el mercado, creando nuevos productos y versiones mejoradas que impulsan a su consumo, sin dejar margen para la reflexión acerca de la necesidad de estos nuevos productos.
La rentabilidad social es algo difícil de cuantificar, de ahí que solamos acudir a la rentabilidad económica como único medio de valoración y decisión de la viabilidad de cualquier proyecto, sin diferenciar si éste es público o privado. Quizás en el mundo privado, dónde el lucro es el fin, tenga cierto sentido guiarse por medio de esta rentabilidad económica. Lo que no está claro es si en el sector público, dónde la utilidad social y no la económica es el objetivo a maximizar, tenga que hacerse lo mismo. Perder de vista la rentabilidad social puede llevarnos a cometer graves errores, pues valores sociales como la justicia o la igualdad quedan en un segundo plano frente al económico.
Hace unos días morían más de 120 trabajadores en una fábrica textil de Bangladesh. El desencadenante de tal acontecimiento fue, al parecer, un cortocircuito en la instalación eléctrica. No es algo nuevo, desde 2005 han muerto cerca de 700 trabajadores de la industria textil en Bangladesh, lo que deja en evidencia las penosas condiciones laborales en que trabajan. La empresa siniestrada es Tazreen Fashion, que emplea a 1.200 trabajadores y exporta bienes por valor de 36 millones de dólares USA al año, principalmente a Europa y a Estados Unidos. Su principal cliente es (ahora parece que ya no) Wal Mart.
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